ALBERTITO

Los libros y los cómics de Jeune Albert

Month: febrero, 2012

Una lectura invernal

Uno.  Acabo de leer “Postales de invierno” de Ann Beattie, una autora de la que hasta hace bien poco no sabía nada, ni siquiera su nombre. Y es que resulta que este libro es un clásico de la literatura norteamericana que ha sido comparado con “El guardián entre el centeno”, nada menos. ¿Y?, pues me ha gustado pero creo que no he lo leído en el momento justo para admirarlo sin reservas.

 Así empezaba una mini-reseña que hice para un blog colectivo en el que participo (¿quién no escribe en uno?), sobre un libro que ha ido creciendo con el paso del tiempo como les ocurre a los grandes obras: ya no podemos olvidarlas y siguen rondando en nuestra cabeza, como icebergs que se van revelando poco a poco en su inmensa magnitud. Ann Beattie (Washington, 1947), se convirtió inmediatamente en una autora de referencia con esta novela “generacional”, que era además su primera obra publicada.

Dos. El libro trata de un tema universal, la afirmación como personas maduras y la inevitable asunción de responsabilidades fruto de nuestras elecciones vitales que ello conlleva, envuelto en un contexto particular, la Norteamérica de clase media-alta de mediados de los 70, desencantada ya de la locura que supuso lo que uno de los personajes de Beattie define como “los jodidos sesentas”. Agotados los principios inspiradores de la revolución juvenil, nuestros protagonistas, ya cerca de alcanzar la  frontera de la treintena, aparecen perdidos, sin objetivos, desconcertados con la realidad que les ha tocado vivir y sobreviviendo a la resaca después de la marea irresistible de la década anterior. Esa búsqueda de sí mismos aparece simbolizada en el amor obsesivo y no correspondido, ¿o acaso sí? que Charles el protagonista, siente por Laura, un antigua novia ahora casada con otro y que aparece lejana y ambigua durante toda la novela, incluso en su estupendo final. 

Si bien Beattie fue inmediatamente comparada con J.D.Salinger o con Joseph Heller (Trampa 22), para los críticos también se la puede relacionar con Jane Austen, Francis Scott Fitzgerald (uno de sus ídolos literarios),  John Updike, o John Cheever, para concluir en Raymond Carver. Pero es que también tiene seguidores incondicionales de la talla de Rick Moody, Jonathan Franzen, T.C. Boyle, Amy Hempel, o Lorrie Moore, y ha influido en cineastas como el Steven Soderbergh de “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”, o en ciertos detalles de la obra de Hal Hartley o Wes Anderson. Lo que no está nada mal.

Tres. Si hay algo que destaca en el libro es la inmensa capacidad de Beattie para representar la amistad verdadera, en este caso entre los veinteañeros Charles y su colega Sam, algo que requiere de una sutileza, un dominio del diálogo y una percepción excepcionales para que resulte natural y más tratándose de una situación en principio no autobiográfica. La relación entre Charles y Sam vertebra todo el relato otorgándole ese aire de autenticidad que hace que nos sumerjamos en la historia y creamos en ella como lectores, y además sirve de contrapunto con su calidez a la frialdad de la vida familiar de Charles y de casi todo el resto de los personajes. En ese sentido pocos libros han alcanzado el nivel de “Postales de Invierno”. 

Por otro lado, es un libro eminentemente musical con multitud de referencias: Joplin, Bob Dylan, The Rolling Stones etc. Y también resulta entrañable la importancia de la música en la vida de los protagonistas, que esperan el nuevo disco de Dylan como si en sus canciones pudiera esconderse la clave oculta que les ayudará a salir de sus problemas cotidianos. La crítica, fijándose en este aspecto lo señala como un claro antecedente del mucho más famoso “Alta Fidelidad” de Nick Hornby.

Cuatro. Resulta que me parece que a pesar de ser una novela generacional, “Postales de Invierno” no puede ser más actual, aunque sólo sea como un reverso en negativo de lo que nos está sucediendo. Si para la generación de Charles y Sam el ser idealistas y rompedores y no acatar el sistema establecido condujo a la confusión sobre qué hacer después de derruir el viejo mundo anterior (el de sus padres y abuelos) y con él, gran parte de lo que ellos mismos eran, esa misma confusión es la que sienten los Sam y Charles actuales que hicieron todo lo que se suponía había que hacer: estudiar carreras, masters, idiomas, hacer mucho deporte o votar cada cuatro años, eso sí, protegidos en oleadas de hedonismo y confiada seguridad, para finalmente darse cuenta que sus padres y sus abuelos han derruido su mundo, el nuestro, y con ello gran parte de lo que estaban destinados a ser en el futuro.

Quizás ahora mismo, en alguna parte de Washington mientras está nevando fuera, otro Sam le está diciendo a un pensativo y melancólico Charles: ¡Jodido Siglo XXI!

Once maneras de sentirse solo

Uno. En un artículo publicado en 1999 en la revista “Boston Review” el novelista Stewart O`Nan reivindicaba la figura de Richard Yates (Yonkers, Nueva York 1926-Tuscaloosa, Alabama 1992). Apropiadamente titulado “El Mundo perdido de Richard Yates” repasaba la historia del escritor. Admirado por sus colegas de profesión y ensalzado por la crítica de su época, sin embargo no tuvo el suficiente éxito para que sus obras permanecieran y su figura progresivamente fue cayendo en el olvido mediático. Se convirtió en un escritor de culto, un escritor para escritores. El artículo finalizaba pesimistamente afirmando que: “sólo una buena biografía podría suscitar una reevaluación de sus logros, aunque por el momento no se vislumbra ninguna en el horizonte. Asimismo, las posibilidades de una película son nulas”, concluía.

Contra todo pronóstico, en 2008 se estrenó la adaptación de la primera novela de Yates “Revolutionary road”, con estrellas del calibre de Leonardo DiCaprio y Kate Winslett dirigidas por Sam Mendes, es decir, una superproducción de indudable prestigio dirigida a un público adulto, de las que escasean cada vez más en estos tiempos. Desde entonces, las obras de Yates han sido ampliamente editadas, y en España han aparecido “Vía revolucionaria”, “Las hermanas Grimes”, “Cold Spring Harbor” “Una providencia especial”, y el libro que nos ocupa “Once maneras de sentirse solo”. Gracias de corazón, Sam.

Dos. Kurt Vonnegut considera que “Once maneras de sentirse solo” es uno de los 10 mejores libros de relatos en la historia de la literatura norteamericana. La duda que me asalta como aficionado a las listas de todo tipo, es cuáles son los otros nueve, porque realmente la pertenencia de este libro a ese selecto grupo es incuestionable. Para no defraudar de la misma manera a mis lectores confieso que entre mis favoritos se encontrarían gente como Harold Brodkey y su “Primer amor y otros pesares”, Ethan Canin con “El ladrón de Palacio”, Truman Capote con sus “Cuentos Completos” y quizás el más genial de todos, J.D. Salinger con sus famosísimos “Nueve cuentos”. Como se ve, entrar en esa lista no algo muy fácil de conseguir.

Para los que no lo conozcan, Vonnegut es un grandioso escritor que aparece todos los años en las quinielas de los favoritos al Nobel. No creo que lo gane, sus libros son espectacularmente entretenidos y demasiado divertidos para la gente de la alta cultura. Curiosidades de la vida, el primer libro que leí de él se lo regaló a mis padres un vendedor de enciclopedias de Plaza y Janés cuando las enciclopedias todavía se vendían puerta a puerta. Mis padres no tenían ni idea de quién era Vonnegut y sinceramente creo que el vendedor tampoco. Ese libro se titulaba “El francotirador” y recuerdo que me impactó por su estilo profundamente irreverente, patente incluso para un preadolescente como yo.

Tres. Los relatos de Yates tratan del fracaso, de un fracaso cotidiano y a veces inevitable, pero no por ello menos doloroso. Con un estilo sencillo, despojado de efectismos y que podríamos calificar incluso de aséptico, nos muestra la vida de esas personas anónimas, quizá los primeros norteamericanos que sintieron la desorientación que trajo el éxito del “american way of life”. Hay que recordar que el libro se publica en 1961 pero se trata de relatos que se escribieron desde 1951 en adelante.

Yates es un maestro en detectar ese malestar de la generación que aparentemente había superado lo peor (la Gran Depresión y la 2ª Guerra Mundial) y debía afrontar el futuro con una confianza infinita en sus posibilidades, en un mundo donde todo todavía era posible.

Alguien que haya leído a gente como Richard Ford o Raymond Carver, inmediatamente establecerá una conexión entre ellos y Yates, que a veces se reduce a una similitud en las sensaciones finales una vez acabado el relato. Por ejemplo, Carver es más críptico y desolado pero comparte con Yates esa capacidad para radiografiar a los matrimonios con problemas, la pérdida de las ilusiones y los sueños juveniles, la constatación de las decepciones que inevitablemente conlleva el hacerse mayor. Por supuesto, ambos fueron o siguen siendo fervientes admiradores de Yates, al que consideran una especie de padre espiritual de su trabajo. En el caso de Ford, lo demuestra también, incluyendo sus relatos en varias de las antologías que se ha encargado de coordinar.

Además, por todo el libro sobrevuela un aroma que recuerda a los temas de F. Scott Fitzgerald, no en vano Yates le profesaba una gran admiración. Ecos del Dick Diver de “Suave es la noche” resuenan en esos personajes que se ven a sí mismos interpretando una farsa de felicidad envuelta en una especie de elegante melancolía, que parece incluso desprenderse del mismo Yates, quizá alimentada por su atormentada vida personal trufada de problemas con el alcohol y tan similar a la del propio Fitzgerald.

Cuatro. Es precisamente esta influencia la que da pie al que me parece el mejor cuento de todos, “La construcción” en el que un taxista con alma de editor contrata a un joven escritor para que escriba historias sentimentales sobre los pasajeros de su taxi. El relato es una reflexión en primera persona, lo cual no es lo normal en sus cuentos, y cuyo uso presagia una mayor carga autobiográfica.

En efecto, Yates nos habla sobre el oficio de escribir, sobre la vanidad inherente a cualquier escritor, en este caso la del aprendiz de escritor que aspira a ser el nuevo Hemingway con su primera novela, y nos explica su idea del proceso de escribir: todo debe hacerse como cuando se construye una casa, con cuidado y con precisión, y empezando por los cimientos. Y no olvidarse de poner ventanas para que pueda haber luz que ilumine el interior. Algo que Yates ha ido haciendo durante todo el relato, para culminar en un magnífico final con una conmovedora confesión del escritor, finalmente fracasado en sus aspiraciones literarias y en su vida personal. Sencillamente magistral.

Cinco. “Once maneras de sentirse solo” es un gran libro que no decepcionará a los aficionados a los cuentos en particular y a   la literatura de calidad en general, escrito por un autor que a pesar de haber permanecido en el olvido durante mucho tiempo, le han bastado muy pocos años para instalarse en el olimpo de los grandes escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX.

Y Seis. Estoy seguro que los creadores de la serie de TV “Mad Men” son fans de Richard Yates, incluso aunque nunca le hayan leído.

Una advertencia final, si algún aficionado la literatura norteamericana actual piensa que “Richard Yates” el nuevo libro del enfant terrible Tao Lin, es un homenaje al estilo y los temas de Yates, mejor que abandone la idea. Podría acabar muy enfadado.

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