ALBERTITO

Los libros y los cómics de Jeune Albert

La mejor novela no escrita nunca

Uno.- En 1958, Harold Brodkey (Staunton, Illinois, 1931-New York, 1996) debutó con una colección de relatos “Primer amor y otros pesares” que le valió el aplauso unánime de la crítica. En ese momento, sólo J.D.Salinger parecía más brillante. En los siguientes años, la publicación regular en el New Yorker o el Esquire de nuevos relatos, consolidó su fama y Harold Bloom, el crítico por antonomasia le calificó como el Proust Norteamericano y le pronosticó las más altas cimas literarias. Intelectuales de la talla de Susan Sontag confesaban su admiración incondicional. Era considerado por todos como un genio, lo cual no sólo no le incomodaba sino que confirmaba sus propias expectativas, expresadas  y resumidas en esta frase: “No es fácil vivir sabiéndose el mejor escritor de todos los tiempos al oeste de Marcel Proust”, o en esta otra, “Es peligroso ser tan buen escritor como yo”.

Si John Updike en su famoso artículo “Anxious days for the Glass family”, le reprochaba al mismo Salinger una adoración incondicional a sus personajes, lo que a su juicio privaba al lector de la libertad para amarles. En el caso de Brodkey, esa crítica habría constituido un ataque personal directo, ya que en sus libros, prácticamente sólo hablaba de sí mismo usando para ello a su alter ego, nada camuflado por cierto, Wiley Silenowicz. Su obra se centra en la rápida pérdida de la inocencia en su infancia, la maduración como adulto y de la problemática relación con su hermana y sus padres adoptivos, en un ejercicio abrumador de análisis de los sentimientos y los pensamientos humanos, en este caso los suyos.

Su estilo rápidamente se alejó del clasicismo inicial y se hizo enormemente alambicado, reconcentrado y plenamente  autorreferencial. Además, la falta de un sustrato narrativo, hizo que sus relatos se convirtieran en largas digresiones sobre algunos acontecimientos de su vida, sobre los cuales iría reflexionando constantemente, por ejemplo, lo que siente y experimenta un bebé (el propio Brodkey) al ser alzado por su padre, la enfermedad y muerte de éste, el especial carácter de su madre, etc.

Dos.- Muy pronto se cimentó la idea, alimentada por el mismo Brodkey, de que estaba trabajando en una gran novela y que los relatos aparecidos eran apenas esbozos o pequeños atisbos de la misma. Y, considerando la calidad de estos, todo el mundo literario intuía que la novela debería ser efectivamente algo excepcional. Ungido con el manto de mesías en la sombra, Brodkey fue alargando el momento de la publicación, primero un año, luego otro, cobrando anticipo tras anticipo, cambiando de editor, hasta que casi sin darse cuenta habían pasado casi tres décadas y todavía no había novela. Durante todo este tiempo fue entregando relatos, en ocasiones brillantes, que mantenían la llama encendida. En 1988, treinta años después de su primer libro, recopila todos estos relatos en un tomo titulado “Relatos a la manera  casi clásica”, que tuvo un moderado éxito. Pero todavía no había novela.

Y cuando ya casi nadie la esperaba pensando que sería otro caso como “Plegarias atendidas”, el legendario “work in progress” del atormentado Truman Capote, por fin apareció en 1991,  “El alma fugitiva”, la denominada por él mismo primera parte de la gran novela futura que se titularía “Party of Animals”. Como era de esperar tras las enormes expectativas generadas durante tanto tiempo y dado el carácter narcisista y conflictivo de Brodkey, que había mantenido trifulcas con casi todo el mundo literario estadounidense, y sobre todo, al comprobar que se trataba de la enésima reelaboración de lo que ya había ofrecido en sus relatos anteriores, la recepción no fue muy entusiasta, salvo en un grupo muy reducido de fieles. Así, el crítico del New York Times, Christopher Lehman-Haupt, entre otras perlas, afirmaba: “Además de examinarse la pelusa del ombligo con una minuciosidad sin precedentes, el señor Brodkey, en esta novela claramente está reclamando su derecho a un lugar destacado entre los maestros de la literatura norteamericana”, para luego rematar: “Si se puede buscar (de forma insultante) un precedente al garrulo y arrítmico lenguaje, este sería Walt Whitman, con el que guarda la más tosca semejanza… Además, la novela está llena de alardes acerca de la genialidad de Wiley. En cada encuentro con otra persona se compara con ella, invariablemente a su favor. En cada página impar diserta acerca de ser “más inteligente”.

Tres.- Brodkey no pudo completar su gran obra ya que murió de sida cinco años después, aunque todavía le dio tiempo a reflejar el transcurso de su enfermedad en una serie de artículos que fueron recopilados en el libro “Esta salvaje oscuridad”. A pesar de su complicada situación, todavía conservaba sus ganas de pelea: “es tan aburrido estar enfermo, casi como estar atrapado en una novela de Updike”. Genio y figura hasta la sepultura.

A pesar de todas sus orgullosas declaraciones, Brodkey, era consciente de que la crítica había encumbrado definitivamente y sin reservas a John Cheever, como la figura fundamental dentro del grupo de los escritores nacidos y forjados en el estilo New Yorker, y que incluso su detestado Updike estaba muy por encima de él en la estima general de profesionales y público. Su ambiciosísimo intento de ser el Joyce y el Proust norteamericano había acabado en fracaso, quizás porque como afirmaba su propio amigo James Wolcott: “A veces el genio puede ser demasiado e insuficiente a la vez”, y la conclusión final de su carrera literaria era que su figura se había desvanecido y su lugar dentro de las letras norteamericanas iba a ser muy secundario.

Cuatro.-Sin embargo, cuando releo sus primeros cuentos no puedo dejar de admirar el inmenso talento que atesoran.  Sus relatos centrados en las relaciones familiares y la búsqueda del primer amor fluyen  gracias a una caracterización extraordinaria de los personajes y una estructura clásica en el que podríamos afirmar que el sentimiento todavía se imponía al pensamiento. A pesar de que el titulado “La educación sentimental” es quizás considerado el mejor, mi favorito es el que abre el libro, y el que primero escribió Brodkey, denominado “El estado de gracia”. Remembranza de la adolescencia solitaria en St. Louis, es difícil no emocionarse con este relato sobre niños desdichados, necesitados del amor y la calidez de la amistad, de la pura alegría del juego.

La tarea de Brodkey estaba destinada al fracaso, porque siguió dando vueltas a sus recuerdos de una forma cada vez más abstracta y solipsista, enredándose en los vericuetos de su mente, intentando explicar lo inexplicable, cuando lo mejor de su historia y de su vida, ya estaba magistralmente retratado en esos primeros relatos.

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Walter Simonson

Quizás haya sido el anuncio de que Brian Michael Bendis le ha pedido que dibuje unos  números de sus Vengadores o simplemente que la memoria es caprichosa y te lleva adonde quiera que sus conexiones dicten. El caso es que me apetece hablar de  Walter Simonson  (Knoxville, Tennesse,  1946), un autor que paulatinamente había perdido el brillo y la fama que alcanzó con su etapa en  “El poderoso Thor” (desde el número 337 USA de Noviembre del 83, hasta el 382 USA de Agosto del 87 en el guión, habiendo abandonado el dibujo en manos de Sal Buscema ya desde el 367 USA de Mayo del 86).

Incluso en algún momento de los 80`s pre-Watchmen,  llegó a disputar el trono de mejor autor de superhéroes a gente como John Byrne o Frank Miller, pero coincidiendo con la eclosión Vértigo y el ascenso del fenómeno Image su figura se va desvaneciendo, a los problemas de gestión que sufrió en la editorial Malibu-Bravura dónde publicó una de sus series y que quedó inconclusa hasta que Dark Horse publicara el número final tiempo después, se unió la mala experiencia en el proyecto de los Vengadores Héroes Reborn y desde entonces sus obras se espacian cada vez más y ya últimamente se dedicaba  a ilustrar tebeos basados en juegos de ordenador junto con su mujer Louise. Parafraseando a Tolkien, uno de sus autores de referencia, parece que su tiempo ha pasado y ya no espera más que la hora de embarcarse en las naves y abandonar la Tierra Media a los hombres.

En realidad resulta que antes de Thor yo ya era fan de Simonson, incluso sin ser consciente de ello. En 1979, y a instancias de su amigo John Workman, rotulista  y a la sazón responsable de la revista Heavy Metal, realiza junto a Archie Goodwin, la adaptación de la película de Ridley Scott  “Alien, el 8º pasajero”.

Caprichos del destino el recientemente fallecido Moebius, como no se han cansado de repetir en los artículos y reportajes que le han dedicado en diversos medios, participó en los diseños de producción de la película. Y la revista “Heavy Metal” era la versión norteamericana  de la revista bandera del nuevo cómic europeo de los 70: “Metal Hurlant”, que fue creada por el propio Moebius junto con otros autores procedentes de Pilote. No es muy aventurado afirmar la influencia capital del cómic (de Moebius y Mezières principalmente) en el florecimiento del género de la ciencia ficción en el cine, cuyo máxima cima sería  “Blade Runner”, por cierto masacrada por la crítica en su estreno.

El cómic es un gran tebeo, y una muy buena trasposición del film. Ritmo sostenido, muy buena caracterización de personajes, dominio de los códigos de la CF, un gran uso de los efectos de color y de las onomatopeyas e impactantes “splash pages”. Simonson mantenía una gran afinidad con AG, ya que habían trabajado juntos para DC en la serie  Manhunter, un moderado éxito que impulsó su carrera de forma definitiva, y esta complicidad se nota en el resultado final.

Pero cuando tienes nueve años no piensas en eso, sólo estás pegado a la historia de ese terrible alienígena con un tembleque en el cuerpo tremendo. Y es que por los caprichosos azares  que regían la vida  de los niños que leíamos tebeos en esos finales de los setenta, mi madre nos había comprado ese tebeo junto con (lo supongo, porque no me acuerdo) algún Mortadelo. Sin embargo, ese tebeo que desgraciadamente ya no conservo, se quedó grabado para siempre en mi sugestionable mente infantil. Recuerdo el asombro ante  la muerte de Dallas, el capitán que se suponía iba a ser el héroe de la historia, algo que te precipitaba en un territorio inexplorado y terrible, en el que los héroes podían morir y todo podía acabar mal. Hay que precisar que en esa época mi familia como muchas otras no se podía permitir ir al cine todas las semanas, sólo en ocasiones señaladas, principalmente en navidad y aunque hubieran podido nunca nos hubieran llevado a ver una película de terror decididamente destinada a los adultos, así que para mí Alien siempre estará asociado al cómic antes que al cine.

En 1983 y después de unos años de intensa preparación publica “Star Slammers” en la colección de novelas gráficas Marvel. También es una historia de ciencia-ficción, que recuerda poderosamente al “Dune” de Frank Herbert, principalmente por el componente mesiánico, aquí también aparece un pueblo elegido que debe superar múltiples pruebas para alcanzar un destino glorioso. Y también recoge las influencias de la space-opera más clásica, es decir de “Star Wars” y no es de extrañar, porque Simonson es, como ya hemos señalado, un gran aficionado que maneja con soltura muchas referencias del género. Con esta obra se consolida como un gran autor, que utiliza muy inteligentemente los flashbacks, destacando sobre todo por el uso de unos diálogos impactantes, que le ayudan a definir a los personajes con unas pocas pinceladas. Su dibujo es muy eficaz y adecuado a sus historias, con mucho dinamismo, muy potente y en el que sigue afinando junto con Workman, su rotulista de confianza, la utilización de onomatopeyas como un elemento central.  Por encima del nivel general de la obra, excelente por otro lado, destaca su impactante comienzo (sobre todo para un adolescente) que ejemplifica en tres páginas la extraordinaria capacidad de Simonson para la puesta en escena y la construcción de una historia.   

Inmediatamente después le asignan “The Mighty Thor”, otra colección en apuros que necesitaba impulso. Simonson rompe con todas las ataduras que lastraban el personaje y que habían convertido la serie en algo anodino y prescindible y en tan sólo un número presenta un nuevo escenario: adiós a Don Blake, y vuelta a las historias en las que Asgard constituye el eje central. Como todas las revoluciones que afectan a la continuidad, produjo reacciones airadas de los fans que sentían se estaba  traicionando a su “personaje”, pero  Simonson, impertérrito y guiado por su idea de lo que era el trabajo en la industria  de los cómics,  el cual concebía como un rato de jugar en la arena después de destruir los castillos de arena que habían construido los otros niños para  así construir los tuyos, siguió con su plan.

Un aspecto fundamental de su etapa es la potenciación al máximo del aspecto coral de la serie. De repente, los angustias existenciales de Balder, las dudas de Sif, la conversión de Karnilla, las intrigas de Loki, nos importan tanto (o más en muchos casos) que las propias andanzas de Thor, el cual a cambio se reconstruye como un héroe épico tradicional que sirve de contrapunto  al complejo tapiz de sentimientos desarrollado por Simonson a su alrededor. Mención especial merece Billy Rayos Beta, personaje creado especialmente para la serie y que  Simonson utiliza como herramienta/espejo  para la redefinición moral de Thor.

Dominador de una multitud de registros, la fuerza y el dinamismo de su estilo de dibujo ,tirando a feísta en una primera impresión,  le facilita la creación de momentos genuinamente épicos al más puro estilo Kirby, destacando el final de la saga de Surtur. Pero también es capaz de introducir excelentes notas de humor, como ejemplo el famosísimo Thor-rana, o las tramas de enredo romántico entre varios de los personajes, que descargan la intensidad de la historia y que en muchos casos propician un magnífico desarrollo emocional de los personajes. Finalmente su recorrido acaba como empezó con una historia llena de épica, heroísmo, y sacrificio con el descenso a los infiernos y su lucha con la dios a de la muerte Hela  

Después se encargaría de la nueva serie de los mutantes “Factor-X” junto con su mujer Louise, y de una etapa bastante fructífera en los 4 Fantásticos que los aficionados recuerdan con mucho agrado y que renovaba  esos ecos de ciencia-ficción tan queridos, pero desde luego no alcanzaron la maestría y la emoción de sus obras anteriores.      

Tributo

En el mundo moderno tenemos tanta información y de una forma tan inmediata que es difícil discernir qué es lo importante. Hace 5 días murió Levon Helm el batería y cantante del mítico grupo “The Band”, pero hasta hoy no me he dado cuenta de que debía escribir algo sobre él y sobre mí.  

Hubo una época en que casi a diario descubría joyas, obras maestras del cine, de la literatura y de los cómics, muchas veces por casualidad y otras siguiendo consejos que recopilaba de diversas y peregrinas maneras (no, no había internet, pero en compensación la 2 de TVE era una cadena mítica, casi a la altura de la calidad de la BBC). Así que un día después de ver en el periódico los créditos de la película “The Last Waltz”, que iban a poner ese día de madrugada decidí que la debía verla sólo porque su director era Martin Scorsese, autor de maravillas como “Toro Salvaje” y sobre todo, “Taxi Driver”. El reseñista, que no sé quién era, afirmaba con rotundidad que era una obra maestra y la mejor película musical de todos los tiempos, lo que amis tiernos ojos sonaba exagerado y más tratándose de un documental sobre un grupo totalmente desconocido para mí, y con un nombre nada exótico: The Band.

Así que efectivamente la vi y me gustó mucho, sobre todo la mezcla de insertos de entrevistas y de la grabación del último concierto del grupo, un estilo que sería copiado hasta la saciedad posteriormente. La música me gustó bastante, yendo de menos a más, y dependiendo del invitado hasta muy bien (Van Morrison  por ejmplo lo descubrí aquí), y  lo que al principio era una aprobación escéptica  pasó a ser en el final a tener una nota muy buena. Pero su influjo quedó enterrado y casi olvidado entre un miríada de cosas que vinieron después.   

Ahora muchos años después vuelvo a escuchar esas canciones y descubro con una emoción rayana en la sensiblería que permanecían conmigo en el corazón, acompañándome desde esa lejana madrugada de mi juventud.

http://www.youtube.com/watch?v=eOi0tC00Luc

Claremont & Byrne, el dúo dinámico

Carlos Pacheco lo resumía perfectamente en la bitácora de su amigo Rafael Marín: A finales de los 70 y principios de los 80, John Byrne (West Bromwich, 1950), tenía “el perfume de lo invisible”. Era el rey de los cómics norteamericanos. Sólo hay que ver que en esos años se ocupó de los “X-Men”, posteriormente de “Los 4 Fantásticos” en una larga etapa. Simultáneamente a estas obras principales, creó “Alpha Flight”, dibujó una esplendorosa etapa de “Los Vengadores” y unos grandes números en “Capitán América”. Finalmente en 1986, fue fichado por DC para impulsar la renovación de su personaje emblema, “Superman”.

Sin embargo, no es menos cierto que para ello contó con la inestimable ayuda del guionista Chris Claremont (Londres, 1950) y sobre todo (al menos para mí) del grandioso entintador Terry Austin (Detroit, Michigan 1952), que se ajustaba a su estilo de dibujo perfectamente potenciándolo enormemente. Como en tantas otras ocasiones, todo surgió del encargo que reciben unos jóvenes autores con muchas ganas y empuje, de revitalizar una colección secundaria y en decadencia. Claremont y Byrne ya habían colaborado en “Iron Fist”, firmando varios números del “Marvel Team-Up”, y en la historia autoconclusiva de ciencia ficción “Star-Lord” (no se la pierdan si tienen ocasión), cuando al primero le encargan los guiones de “Uncanny X-Men” en 1975. Byrne acabaría reuniéndose con él a finales de 1977, después de pedírselo insistentemente a Jim Shooter, el editor jefe de Marvel. Juntos salvarían a una colección desahuciada, convirtiéndola en un éxito de ventas, camino que también seguirían posteriormente colecciones como “Daredevil” o “Thor”.

Existía química entre ellos y se complementaban perfectamente. Claremont sabía tejer historias con personajes creíbles y cercanos (especialmente los femeninos), llenos de dudas y problemas existenciales, y todo ello revestido de un barniz cultural como por otra parte se presuponía en un inglés. Sin embargo, tendía al sentimentalismo y al exceso de texto, con una cierta rigidez en la parte puramente superheroica de sus historias. Precisamente lo que le sobraba a Byrne, un gran talento para la acción y la definición de los personajes a través de la caracterización física (nunca Cíclope ha sido tan delgado como su apodo denotaba) y con un gran conocimiento de la historia de los superhéroes.

Sólo hay que observar la diferencia entre los primeros números que guioniza Claremont con David Cockrum al dibujo (números 94-107 USA), frente a la etapa co-guionizada y dibujada por Byrne (números 108-143 USA). Por ejemplo, se dice que es Byrne el que atisba el potencial de un personaje como Lobezno, (al que ni Claremont ni Cockrum tenían en mente como el más interesante de la serie, al primero porque le interesaban más los personajes femeninos y a Cockrum porque pensó en Rondador Nocturno para ese puesto), diseñado en principio como simple contrapunto de los personajes principales, un rebelde incapaz de seguir la ortodoxia representada por Cíclope. Con Byrne el personaje gana en intensidad y atractivo y permite conectar con la mayoría de los adolescentes, deseosos de romper también con las reglas de sus mayores. El punto máximo de este ascenso a la popularidad es la legendaria viñeta final del número 132 USA y las peleas del número siguiente con los hombres del Club Fuego Infernal, que muestran a un Lobezno desatado y sin mostrar piedad ni arrepentimiento con sus enemigos.

De hecho, en cuanto Byrne abandonó la serie, Claremont se dispuso a redefinir el personaje de una forma más acorde con su gusto, en la famosísima serie limitada con Frank Miller, en la que el personaje transita definitivamente a la situación más cómoda para las historias que quería contar: la del hombre misterioso y sabio con el autocontrol necesario para utilizar sus poderes y su rabia en el momento necesario. Como resultado del añadido de Byrne, Claremont puede por fin desarrollar ese complejo tapiz emocional, seguro de que los argumentos/ideas de Byrne son muy adecuados para conseguir el favor del público. Las tramas se afilan, empezamos a empatizar con los personajes, especialmente con los femeninos, cosa prácticamente inédita hasta ese momento en el género: Jean Grey, Tormenta, Moira McTaggert, Lilandra, Stevie Hunter, y cómo no y sobre todas ellas, Kitty Pride, son personajes muy bien definidos y desarrollados, y que aportaron un nuevo enfoque en las historias tradicionales de superhéroes. De nuevo y como ya ocurriera con “Spiderman”, una generación entera de lectores se veía reflejada en los cómics, con sus problemas y anhelos, sus intereses y forma de ver la vida, y el resultado fue arrollador durante años hasta el punto de crear un universo propio dentro del universo Marvel, hasta el punto de constituirse en el núcleo esencial del mismo (anteriormente un lugar ocupado por el trepamuros y los 4F, y en menor medida, Los Vengadores).

Dentro de un conjunto de grandes historias podemos destacar muchos momentos en la serie pero nos centraremos en dos:

– “La Saga de Fénix Oscura”, es la historia más importante en la colección. Se inició en el número 122 USA, con pequeños detalles insertos en la trama del número en cuestión y básicamente parte de la idea de convertir a una de las protagonistas, la Chica Maravillosa en un supervillano, para culminar con la muerte de Jean Grey en el 137 USA. Esta es quizá la historia más controvertida editada hasta ese momento por Marvel, ya que en un principio la idea original era que Jean perdiera sus poderes Fénix y volviera a su estado inicial sin acordarse de sus actos malvados como Fénix Oscura. El problema residía en que en el momento de dibujar la destrucción que una Fénix poseída por la locura produce en el espacio estelar, a Byrne se le ocurrió que quedaría más impactante que destruyera no sólo una estrella sino un planeta habitado. Esa idea que no estaba en el guión original de Claremont, supuso que Jim Shooter no aceptara la solución propuesta para el personaje y exigiera su muerte, ya que no se podía permitir que un personaje que había cometido tales actos saliera indemne. El impacto de la muerte de Jean Grey fue brutal, con cartas de fans protestando por la desaparición de su personaje favorito. Personalmente, creo que la historia adquiere mucho más fuerza dramática con el final impuesto por Shooter, ya que en esta época todavía una muerte era una muerte, algo definitivo.

Al final, la resucitarían mediante una rocambolesca idea (curiosamente del propio Byrne) en la colección de “Los Nuevos Vengadores”. Mucho del atractivo de la famosa continuidad Marvel se perdería con esta resurrección y como suele decirse ya nada sería igual.

– Sin embargo, mi historia favorita y creo que la de toda mi generación ochentera es “Días del futuro pasado”, donde se hace un ejercicio de distopia, es decir imaginar un universo alternativo en el que los mutantes han sido exterminados y los supervivientes intentan cambiar su presente al enviar al pasado un agente encargado de modificar la historia. Este tipo de historias tiene el aliciente de ver a tus personajes de toda la vida en un rol diferente, aunque en el caso de Claremont se trata de imaginar un desarrollo lógico a 30 años vista, no de epatar al lector con cambios estrafalarios y sin mucho sentido, estilo el bueno es malo, un personaje femenino se vuelve hombre, etc.

Esta aventura se convertiría instantáneamente en un referente dentro de la colección, así como una fuente para futuras historias: los futuros alternativos de la Era del apocalipsis, el personaje de Rachel y toda su historia, un Magneto bondadoso como una especie de segundo Xavier, o la traslación al mundo del cómic del concepto “Terminator” con el personaje de Nimrod, entre otras.

Es el momento cumbre de Byrne como dibujante y, sin embargo muchos creen que el esfuerzo de acabar esos números a tiempo con el nivel de detalle de escenarios y fondos le indujo a simplificar su estilo centrándose en las figuras y abandonando progresivamente el desarrollo de todo lo demás. El efecto es evidente si comparamos los primeros números de su etapa en “Los 4 Fantásticos” en 1981, el año de su marcha de los mutantes, con los últimos de 1986, justo antes de encargarse de “Superman”. Aunque es justo reconocer que en este último su trabajo es muy apreciable, ya que en muchos números es felizmente ayudado por las tintas de Karl Kesel, y supone un auténtico canto del cisne como dibujante superestrella. A partir de ese momento sus continuas trifulcas que le impiden conseguir la serenidad necesaria y su progresiva tendencia a potenciar el aspecto de guionista harán que su figura como dibujante se difumine y se emborrone para el conjunto de los aficionados, a pesar de que sus trabajos se sigan vendiendo bastante bien, impulsadas por la “Nostalgia Byrne”.

Claremont por su parte siguió guionizando las colecciones de mutantes en un lento, y a veces desordenado, declinar de ideas, hasta que la “revolución Image” le apartó en 1991 de su título más querido. Otros trabajos posteriores, “Sovereign Seven”, “Los 4F” “X-Treme X-Men” o incluso su vuelta a los “X-Men”, confirmaron que su fórmula se había agotado.

Como resumen, podemos decir que los X-Men supusieron la conjunción del talento con la coyuntura necesaria para hacer de un título menor, uno de las mayores fenómenos de la historia de los cómics norteamericanos.

Una lectura invernal

Uno.  Acabo de leer “Postales de invierno” de Ann Beattie, una autora de la que hasta hace bien poco no sabía nada, ni siquiera su nombre. Y es que resulta que este libro es un clásico de la literatura norteamericana que ha sido comparado con “El guardián entre el centeno”, nada menos. ¿Y?, pues me ha gustado pero creo que no he lo leído en el momento justo para admirarlo sin reservas.

 Así empezaba una mini-reseña que hice para un blog colectivo en el que participo (¿quién no escribe en uno?), sobre un libro que ha ido creciendo con el paso del tiempo como les ocurre a los grandes obras: ya no podemos olvidarlas y siguen rondando en nuestra cabeza, como icebergs que se van revelando poco a poco en su inmensa magnitud. Ann Beattie (Washington, 1947), se convirtió inmediatamente en una autora de referencia con esta novela “generacional”, que era además su primera obra publicada.

Dos. El libro trata de un tema universal, la afirmación como personas maduras y la inevitable asunción de responsabilidades fruto de nuestras elecciones vitales que ello conlleva, envuelto en un contexto particular, la Norteamérica de clase media-alta de mediados de los 70, desencantada ya de la locura que supuso lo que uno de los personajes de Beattie define como “los jodidos sesentas”. Agotados los principios inspiradores de la revolución juvenil, nuestros protagonistas, ya cerca de alcanzar la  frontera de la treintena, aparecen perdidos, sin objetivos, desconcertados con la realidad que les ha tocado vivir y sobreviviendo a la resaca después de la marea irresistible de la década anterior. Esa búsqueda de sí mismos aparece simbolizada en el amor obsesivo y no correspondido, ¿o acaso sí? que Charles el protagonista, siente por Laura, un antigua novia ahora casada con otro y que aparece lejana y ambigua durante toda la novela, incluso en su estupendo final. 

Si bien Beattie fue inmediatamente comparada con J.D.Salinger o con Joseph Heller (Trampa 22), para los críticos también se la puede relacionar con Jane Austen, Francis Scott Fitzgerald (uno de sus ídolos literarios),  John Updike, o John Cheever, para concluir en Raymond Carver. Pero es que también tiene seguidores incondicionales de la talla de Rick Moody, Jonathan Franzen, T.C. Boyle, Amy Hempel, o Lorrie Moore, y ha influido en cineastas como el Steven Soderbergh de “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”, o en ciertos detalles de la obra de Hal Hartley o Wes Anderson. Lo que no está nada mal.

Tres. Si hay algo que destaca en el libro es la inmensa capacidad de Beattie para representar la amistad verdadera, en este caso entre los veinteañeros Charles y su colega Sam, algo que requiere de una sutileza, un dominio del diálogo y una percepción excepcionales para que resulte natural y más tratándose de una situación en principio no autobiográfica. La relación entre Charles y Sam vertebra todo el relato otorgándole ese aire de autenticidad que hace que nos sumerjamos en la historia y creamos en ella como lectores, y además sirve de contrapunto con su calidez a la frialdad de la vida familiar de Charles y de casi todo el resto de los personajes. En ese sentido pocos libros han alcanzado el nivel de “Postales de Invierno”. 

Por otro lado, es un libro eminentemente musical con multitud de referencias: Joplin, Bob Dylan, The Rolling Stones etc. Y también resulta entrañable la importancia de la música en la vida de los protagonistas, que esperan el nuevo disco de Dylan como si en sus canciones pudiera esconderse la clave oculta que les ayudará a salir de sus problemas cotidianos. La crítica, fijándose en este aspecto lo señala como un claro antecedente del mucho más famoso “Alta Fidelidad” de Nick Hornby.

Cuatro. Resulta que me parece que a pesar de ser una novela generacional, “Postales de Invierno” no puede ser más actual, aunque sólo sea como un reverso en negativo de lo que nos está sucediendo. Si para la generación de Charles y Sam el ser idealistas y rompedores y no acatar el sistema establecido condujo a la confusión sobre qué hacer después de derruir el viejo mundo anterior (el de sus padres y abuelos) y con él, gran parte de lo que ellos mismos eran, esa misma confusión es la que sienten los Sam y Charles actuales que hicieron todo lo que se suponía había que hacer: estudiar carreras, masters, idiomas, hacer mucho deporte o votar cada cuatro años, eso sí, protegidos en oleadas de hedonismo y confiada seguridad, para finalmente darse cuenta que sus padres y sus abuelos han derruido su mundo, el nuestro, y con ello gran parte de lo que estaban destinados a ser en el futuro.

Quizás ahora mismo, en alguna parte de Washington mientras está nevando fuera, otro Sam le está diciendo a un pensativo y melancólico Charles: ¡Jodido Siglo XXI!

Once maneras de sentirse solo

Uno. En un artículo publicado en 1999 en la revista “Boston Review” el novelista Stewart O`Nan reivindicaba la figura de Richard Yates (Yonkers, Nueva York 1926-Tuscaloosa, Alabama 1992). Apropiadamente titulado “El Mundo perdido de Richard Yates” repasaba la historia del escritor. Admirado por sus colegas de profesión y ensalzado por la crítica de su época, sin embargo no tuvo el suficiente éxito para que sus obras permanecieran y su figura progresivamente fue cayendo en el olvido mediático. Se convirtió en un escritor de culto, un escritor para escritores. El artículo finalizaba pesimistamente afirmando que: “sólo una buena biografía podría suscitar una reevaluación de sus logros, aunque por el momento no se vislumbra ninguna en el horizonte. Asimismo, las posibilidades de una película son nulas”, concluía.

Contra todo pronóstico, en 2008 se estrenó la adaptación de la primera novela de Yates “Revolutionary road”, con estrellas del calibre de Leonardo DiCaprio y Kate Winslett dirigidas por Sam Mendes, es decir, una superproducción de indudable prestigio dirigida a un público adulto, de las que escasean cada vez más en estos tiempos. Desde entonces, las obras de Yates han sido ampliamente editadas, y en España han aparecido “Vía revolucionaria”, “Las hermanas Grimes”, “Cold Spring Harbor” “Una providencia especial”, y el libro que nos ocupa “Once maneras de sentirse solo”. Gracias de corazón, Sam.

Dos. Kurt Vonnegut considera que “Once maneras de sentirse solo” es uno de los 10 mejores libros de relatos en la historia de la literatura norteamericana. La duda que me asalta como aficionado a las listas de todo tipo, es cuáles son los otros nueve, porque realmente la pertenencia de este libro a ese selecto grupo es incuestionable. Para no defraudar de la misma manera a mis lectores confieso que entre mis favoritos se encontrarían gente como Harold Brodkey y su “Primer amor y otros pesares”, Ethan Canin con “El ladrón de Palacio”, Truman Capote con sus “Cuentos Completos” y quizás el más genial de todos, J.D. Salinger con sus famosísimos “Nueve cuentos”. Como se ve, entrar en esa lista no algo muy fácil de conseguir.

Para los que no lo conozcan, Vonnegut es un grandioso escritor que aparece todos los años en las quinielas de los favoritos al Nobel. No creo que lo gane, sus libros son espectacularmente entretenidos y demasiado divertidos para la gente de la alta cultura. Curiosidades de la vida, el primer libro que leí de él se lo regaló a mis padres un vendedor de enciclopedias de Plaza y Janés cuando las enciclopedias todavía se vendían puerta a puerta. Mis padres no tenían ni idea de quién era Vonnegut y sinceramente creo que el vendedor tampoco. Ese libro se titulaba “El francotirador” y recuerdo que me impactó por su estilo profundamente irreverente, patente incluso para un preadolescente como yo.

Tres. Los relatos de Yates tratan del fracaso, de un fracaso cotidiano y a veces inevitable, pero no por ello menos doloroso. Con un estilo sencillo, despojado de efectismos y que podríamos calificar incluso de aséptico, nos muestra la vida de esas personas anónimas, quizá los primeros norteamericanos que sintieron la desorientación que trajo el éxito del “american way of life”. Hay que recordar que el libro se publica en 1961 pero se trata de relatos que se escribieron desde 1951 en adelante.

Yates es un maestro en detectar ese malestar de la generación que aparentemente había superado lo peor (la Gran Depresión y la 2ª Guerra Mundial) y debía afrontar el futuro con una confianza infinita en sus posibilidades, en un mundo donde todo todavía era posible.

Alguien que haya leído a gente como Richard Ford o Raymond Carver, inmediatamente establecerá una conexión entre ellos y Yates, que a veces se reduce a una similitud en las sensaciones finales una vez acabado el relato. Por ejemplo, Carver es más críptico y desolado pero comparte con Yates esa capacidad para radiografiar a los matrimonios con problemas, la pérdida de las ilusiones y los sueños juveniles, la constatación de las decepciones que inevitablemente conlleva el hacerse mayor. Por supuesto, ambos fueron o siguen siendo fervientes admiradores de Yates, al que consideran una especie de padre espiritual de su trabajo. En el caso de Ford, lo demuestra también, incluyendo sus relatos en varias de las antologías que se ha encargado de coordinar.

Además, por todo el libro sobrevuela un aroma que recuerda a los temas de F. Scott Fitzgerald, no en vano Yates le profesaba una gran admiración. Ecos del Dick Diver de “Suave es la noche” resuenan en esos personajes que se ven a sí mismos interpretando una farsa de felicidad envuelta en una especie de elegante melancolía, que parece incluso desprenderse del mismo Yates, quizá alimentada por su atormentada vida personal trufada de problemas con el alcohol y tan similar a la del propio Fitzgerald.

Cuatro. Es precisamente esta influencia la que da pie al que me parece el mejor cuento de todos, “La construcción” en el que un taxista con alma de editor contrata a un joven escritor para que escriba historias sentimentales sobre los pasajeros de su taxi. El relato es una reflexión en primera persona, lo cual no es lo normal en sus cuentos, y cuyo uso presagia una mayor carga autobiográfica.

En efecto, Yates nos habla sobre el oficio de escribir, sobre la vanidad inherente a cualquier escritor, en este caso la del aprendiz de escritor que aspira a ser el nuevo Hemingway con su primera novela, y nos explica su idea del proceso de escribir: todo debe hacerse como cuando se construye una casa, con cuidado y con precisión, y empezando por los cimientos. Y no olvidarse de poner ventanas para que pueda haber luz que ilumine el interior. Algo que Yates ha ido haciendo durante todo el relato, para culminar en un magnífico final con una conmovedora confesión del escritor, finalmente fracasado en sus aspiraciones literarias y en su vida personal. Sencillamente magistral.

Cinco. “Once maneras de sentirse solo” es un gran libro que no decepcionará a los aficionados a los cuentos en particular y a   la literatura de calidad en general, escrito por un autor que a pesar de haber permanecido en el olvido durante mucho tiempo, le han bastado muy pocos años para instalarse en el olimpo de los grandes escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX.

Y Seis. Estoy seguro que los creadores de la serie de TV “Mad Men” son fans de Richard Yates, incluso aunque nunca le hayan leído.

Una advertencia final, si algún aficionado la literatura norteamericana actual piensa que “Richard Yates” el nuevo libro del enfant terrible Tao Lin, es un homenaje al estilo y los temas de Yates, mejor que abandone la idea. Podría acabar muy enfadado.

El poder del lenguaje (Ciudad de cristal)

Uno. La “novela gráfica” el último y polémico movimiento dentro del mundo del cómic, denostada y amada a partes iguales, no existiría tal y como la conocemos sin la influencia de algunas obras rompedoras y pioneras, que enseñaron el camino de lo que podría ser y no era, ya por las limitaciones inherentes al tebeo entendido como una industria, y una industria dedicada principalmente a los superhéroes, ya por la falta de figuras capaces de imponerse por sí mismas a la dinámica existente.

Todo el mundo señala a “Maus” de Art Spiegelman como esa obra que ilumina a las demás como un faro, principalmente a partir de la concesión del Pulitzer en 1992 (la obra se publicó intermitentemente desde 1980 hasta 1991). La cultura con mayúsculas reconocía la excepcionalidad artística de la obra, favorecida quizás por la profundidad de su  tema, el holocausto y sus secuelas, que proporcionaba la pátina de respetabilidad necesaria. Sin embargo, la  mayoría de los aficionados de toda la vida acogieron la noticia con un cierto escepticismo:  la obra cumbre de los 80 era sin duda “Watchmen”, afirmaban.

 Sin embargo, algunos habían tomado nota y dos años después en 1994 aparece “Ciudad de Cristal” la adaptación del relato homónimo de Paul Auster (Newark, New Jersey, 1947) que formaba parte de su celebrada “Trilogía de Nueva York”. Sus autores eran Paul Karasik (Washington, 1956) y David Mazzucchelli (Providence, New York, 1960).

 Dos. El caso de Mazzucchelli es curioso porque a diferencia de Spiegelman que siempre se había movido en los ámbitos de la vanguardia artística, provenía del “mainstream” más total. Dibujante regular de Daredevil desde 1984, en 1986 y con Frank Miller al guión realiza uno de los más memorables cómics de todos los tiempos “Daredevil: Born Again”; al año siguiente y otra vez con Miller firma “Batman Año Uno” y se instala definitivamente en el olimpo de los mejores dibujantes. Con sólo 27 años, abandona prácticamente la industria y se dedica a hacer sus propios cómics alternativos y a dar clases en la “School of Visual Arts”, de Nueva York. Después de “Ciudad de Cristal”, el silencio, hasta que en 2009 publica “Asterios Polyp”, una muy ambiciosa obra plenamente integrada en el concepto de la novela gráfica.

 El otro autor, Karasik, era un teórico del cómic que había trabajado con Spiegelman en su revista RAW y  al que éste puso en contacto con Mazzucchelli para trabajar sobre la adaptación del libro de Auster. Además, ha escrito libros junto con su hermana y editado dos recopilaciones de historias del bizarro Fletcher Hanks: “I shall destroy all the civilized planets” y  “You shall die by your own evil creation”.

Tres. Ciudad de Cristal es única desde muchos puntos de vista. Lo es, porque se trata de una adaptación de una obra literaria ya existente, cosa no muy frecuente en el mundo del cómic. Además, lo hace no como una forma de simplificar un clásico y hacerlo más atractivo a un niño/joven como ocurría con los “Clásicos Ilustrados” en España, sino con la intención de crear otro tipo de producto artístico diferente al original aprovechando los recursos del medio. Sin complejos.

 Lo es por la propia obra elegida para ser adaptada, ya que se trata de una novela corta que en principio parecía ser bastante difícil de trasladar por su profundidad, y a ratos, su abstracción. En este sentido, Auster era un autor que conectó perfectamente con el espíritu posmoderno. En esta obra utilizaba un esqueleto de novela negra con un misterio tradicional que debía resolver un detective en la onda de Dashiell Hammett, para acabar reflexionando sobre sus temas fetiche: el problema de la identidad, de los límites entre la realidad y la ficción, la influencia del azar en nuestras vidas y sobre todos ellos, la soledad esencial del mundo moderno, como una especie de Cervantes (al que rinde homenaje en el libro) del siglo XX, pero sin su humor.

 Cuatro. El cómic resulta ser una muy brillante reflexión sobre el lenguaje y el poder configurador de las palabras, otro de los temas recurrentes en la obra de Auster. Mazzucchelli y Karasik demuestran ese poder, en este caso del lenguaje del cómic, al dotar de realidad tangible y visual a las imágenes mentales que habían creado en nosotros como lectores las palabras del relato de Auster que a su vez reflexionaba sobre la relación de cada palabra con el objeto real al que se refiere, cristalizando en una especie de bucle a lo M.C. Escher y configurando lo que podríamos denominar un metacómic. Sin embargo, esto no quiere decir que sea necesario leer el libro para entenderlo, ya que constituye una obra perfectamente cerrada y coherente en sí misma para los nuevos lectores. 

En este sentido, resulta demostrativo el recurso gráfico que nos ofrece el tebeo cuando sustituye la representación dibujada de una sombra, es decir una mancha de tinta, por su nombre “sombra” pegado a los talones de una figura humana. Por fin comprendemos plenamente, al menos en mi caso, un concepto bastante abstracto sobre el que giraba el libro.

El catálogo de recursos narrativos y de soluciones gráficas es enorme y aquí hay que hacer justicia a la adaptación de Karasik que introduce muchas innovaciones formales pero sobre todo marca el tono preciso (denso, sostenido) que la obra demandaba, partiendo del uso de la cuadrícula clásica del 3×3 (paradójicamente también utilizada en Watchmen).

Mazzucchelli por su parte continúa la depuración de su estilo que había comenzado con los trabajos incluidos en su revista “Rubber Blanket” autoeditada entre 1991 y 1993, despojándose del estilo realista y elegante, deudor de autores como Toth, o Caniff, entre otros, para pasar a uno más caricaturesco cercano a la línea clara europea, pero con un gran uso de las manchas negras de carácter expresionista, que ya había empezado a desarrollar en la época de “Born Again”. Destacan especialmente las escenas de Nueva York: sus edificios y sus parques, que se convierte en un personaje más.     

 Cinco. Finalmente, lo más importante de “Ciudad de Cristal” es la enseñanza de que no hay límites para lo que se puede contar en un tebeo, no hay porqué limitarse debido a ideas preconcebidas, algo que ahora nos parece lógico y normal gracias en gran medida a obras maestras como ésta.

*Esta reseña apareció originalmente en el Fanzine Yerro número 0.

Una nueva aventura

Hola a todos,

Inicio un nuevo blog dedicado a hablar de los libros y cómics que más me hayan apasionado, aunque ocasionalmente trataré otros temas que me interesan, como el cine o los deportes. Además colgaré las reseñas que haga para el fanzine literarario Yerro,  un proyecto de mis amigos del blog   Music `Webzine  http://musicwebzine.wordpress.com/.

También podréis encontrame en el blog colectivo sobre música y cómics ¿Por qué se peinan las morsas ?http://porquesepeinanlasmorsas.blogspot.com/  , en el que seguiré haciendo reseñas y artículos dirigidos a un público más general.

Eso es todo. Espero que os guste.