Una lectura invernal

por JeuneAlbert

Uno.  Acabo de leer “Postales de invierno” de Ann Beattie, una autora de la que hasta hace bien poco no sabía nada, ni siquiera su nombre. Y es que resulta que este libro es un clásico de la literatura norteamericana que ha sido comparado con “El guardián entre el centeno”, nada menos. ¿Y?, pues me ha gustado pero creo que no he lo leído en el momento justo para admirarlo sin reservas.

 Así empezaba una mini-reseña que hice para un blog colectivo en el que participo (¿quién no escribe en uno?), sobre un libro que ha ido creciendo con el paso del tiempo como les ocurre a los grandes obras: ya no podemos olvidarlas y siguen rondando en nuestra cabeza, como icebergs que se van revelando poco a poco en su inmensa magnitud. Ann Beattie (Washington, 1947), se convirtió inmediatamente en una autora de referencia con esta novela “generacional”, que era además su primera obra publicada.

Dos. El libro trata de un tema universal, la afirmación como personas maduras y la inevitable asunción de responsabilidades fruto de nuestras elecciones vitales que ello conlleva, envuelto en un contexto particular, la Norteamérica de clase media-alta de mediados de los 70, desencantada ya de la locura que supuso lo que uno de los personajes de Beattie define como “los jodidos sesentas”. Agotados los principios inspiradores de la revolución juvenil, nuestros protagonistas, ya cerca de alcanzar la  frontera de la treintena, aparecen perdidos, sin objetivos, desconcertados con la realidad que les ha tocado vivir y sobreviviendo a la resaca después de la marea irresistible de la década anterior. Esa búsqueda de sí mismos aparece simbolizada en el amor obsesivo y no correspondido, ¿o acaso sí? que Charles el protagonista, siente por Laura, un antigua novia ahora casada con otro y que aparece lejana y ambigua durante toda la novela, incluso en su estupendo final. 

Si bien Beattie fue inmediatamente comparada con J.D.Salinger o con Joseph Heller (Trampa 22), para los críticos también se la puede relacionar con Jane Austen, Francis Scott Fitzgerald (uno de sus ídolos literarios),  John Updike, o John Cheever, para concluir en Raymond Carver. Pero es que también tiene seguidores incondicionales de la talla de Rick Moody, Jonathan Franzen, T.C. Boyle, Amy Hempel, o Lorrie Moore, y ha influido en cineastas como el Steven Soderbergh de “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”, o en ciertos detalles de la obra de Hal Hartley o Wes Anderson. Lo que no está nada mal.

Tres. Si hay algo que destaca en el libro es la inmensa capacidad de Beattie para representar la amistad verdadera, en este caso entre los veinteañeros Charles y su colega Sam, algo que requiere de una sutileza, un dominio del diálogo y una percepción excepcionales para que resulte natural y más tratándose de una situación en principio no autobiográfica. La relación entre Charles y Sam vertebra todo el relato otorgándole ese aire de autenticidad que hace que nos sumerjamos en la historia y creamos en ella como lectores, y además sirve de contrapunto con su calidez a la frialdad de la vida familiar de Charles y de casi todo el resto de los personajes. En ese sentido pocos libros han alcanzado el nivel de “Postales de Invierno”. 

Por otro lado, es un libro eminentemente musical con multitud de referencias: Joplin, Bob Dylan, The Rolling Stones etc. Y también resulta entrañable la importancia de la música en la vida de los protagonistas, que esperan el nuevo disco de Dylan como si en sus canciones pudiera esconderse la clave oculta que les ayudará a salir de sus problemas cotidianos. La crítica, fijándose en este aspecto lo señala como un claro antecedente del mucho más famoso “Alta Fidelidad” de Nick Hornby.

Cuatro. Resulta que me parece que a pesar de ser una novela generacional, “Postales de Invierno” no puede ser más actual, aunque sólo sea como un reverso en negativo de lo que nos está sucediendo. Si para la generación de Charles y Sam el ser idealistas y rompedores y no acatar el sistema establecido condujo a la confusión sobre qué hacer después de derruir el viejo mundo anterior (el de sus padres y abuelos) y con él, gran parte de lo que ellos mismos eran, esa misma confusión es la que sienten los Sam y Charles actuales que hicieron todo lo que se suponía había que hacer: estudiar carreras, masters, idiomas, hacer mucho deporte o votar cada cuatro años, eso sí, protegidos en oleadas de hedonismo y confiada seguridad, para finalmente darse cuenta que sus padres y sus abuelos han derruido su mundo, el nuestro, y con ello gran parte de lo que estaban destinados a ser en el futuro.

Quizás ahora mismo, en alguna parte de Washington mientras está nevando fuera, otro Sam le está diciendo a un pensativo y melancólico Charles: ¡Jodido Siglo XXI!

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