La mejor novela no escrita nunca

por JeuneAlbert

Uno.- En 1958, Harold Brodkey (Staunton, Illinois, 1931-New York, 1996) debutó con una colección de relatos “Primer amor y otros pesares” que le valió el aplauso unánime de la crítica. En ese momento, sólo J.D.Salinger parecía más brillante. En los siguientes años, la publicación regular en el New Yorker o el Esquire de nuevos relatos, consolidó su fama y Harold Bloom, el crítico por antonomasia le calificó como el Proust Norteamericano y le pronosticó las más altas cimas literarias, e intelectuales de la talla de Susan Sontag confesaban su admiración incondicional. Era considerado por todos como un genio, lo cual no sólo no le incomodaba sino que confirmaba sus propias expectativas, expresadas  y resumidas en esta frase “No es fácil vivir sabiéndose el mejor escritor de todos los tiempos al oeste de Marcel Proust”, o en esta otra, “Es peligroso ser tan buen escritor como yo”.

Si John Updike en su famoso artículo “Anxious days for the Glass family”, le reprochaba al mismo Salinger una adoración incondicional a sus personajes, lo que a su juicio privaba al lector de la libertad para amarles, en el caso de Brodkey, esa crítica habría constituido un ataque personal directo, ya que en sus libros, prácticamente sólo hablaba de sí mismo usando para ello a su alter ego, nada camuflado por cierto, Wiley Silenowicz. Su obra se centra en la rápida pérdida de la inocencia en su infancia, la maduración como adulto y de la problemática relación con su hermana y sus padres adoptivos, en un ejercicio abrumador de análisis de los sentimientos y los pensamientos humanos, en este caso los suyos.

Su estilo rápidamente se alejó del clasicismo inicial y se hizo enormemente alambicado, reconcentrado y plenamente  autorreferencial. Además, la falta de un sustrato narrativo, hizo que sus relatos se convirtieran en largas digresiones sobre algunos acontecimientos de su vida, sobre los cuales iría reflexionando constantemente, por ejemplo, lo que siente y experimenta un bebé (el propio Brodkey) al ser alzado por su padre, la enfermedad y muerte de éste, el especial carácter de su madre, etc.    

Dos.- Muy pronto se cimentó la idea, alimentada por el mismo Brodkey, de que estaba trabajando en una gran novela y que los relatos aparecidos eran apenas esbozos o pequeños atisbos de la misma. Y, considerando la calidad de estos, todo el mundo literario intuía que la novela debería ser efectivamente algo excepcional. Ungido con el manto de mesías en la sombra, Brodkey fue alargando el momento de la publicación, primero un año, luego otro, cobrando anticipo tras anticipo, cambiando de editor, hasta que casi sin darse cuenta habían pasado casi tres décadas y todavía no había novela. Durante todo este tiempo fue entregando relatos, en ocasiones brillantes, que mantenían la llama encendida. En 1988, treinta años después de su primer libro, recopila todos estos relatos en un tomo titulado “Relatos a la manera  casi clásica”, que tuvo un moderado éxito. Pero todavía no había novela.

Y cuando ya casi nadie la esperaba pensando que sería otro caso como “Plegarias atendidas”, el legendario “work in progress” del atormentado Truman Capote, por fin apareció en 1991,  “El alma fugitiva”, la denominada por él mismo primera parte de la gran novela futura que se titularía “Party of Animals”. Como era de esperar tras las enormes expectativas generadas durante tanto tiempo y dado el carácter narcisista y conflictivo de Brodkey, que había mantenido trifulcas con casi todo el mundo literario estadounidense, y sobre todo, al comprobar que se trataba de la enésima reelaboración de lo que ya había ofrecido en sus relatos anteriores, la recepción no fue muy entusiasta, salvo en un grupo muy reducido de fieles. Así, el crítico del New York Times, Christopher Lehman-Haupt, entre otras perlas, afirmaba: “Además de examinarse la pelusa del ombligo con una minuciosidad sin precedentes, el señor Brodkey, en esta novela claramente está reclamando su derecho a un lugar destacado entre los maestros de la literatura norteamericana”, para luego rematar: “Si se puede buscar (de forma insultante) un precedente al garrulo y arrítmico lenguaje, este sería Walt Whitman, con el que guarda la más tosca semejanza… Además, la novela está llena de alardes acerca de la genialidad de Wiley. En cada encuentro con otra persona se compara con ella, invariablemente a su favor. En cada página impar diserta acerca de ser “más inteligente”.

Tres.- Brodkey no pudo completar su gran obra ya que murió de sida cinco años después, aunque todavía le dio tiempo a reflejar el transcurso de su enfermedad en una serie de artículos que fueron recopilados en el libro “Esta salvaje oscuridad”. A pesar de su complicada situación, todavía conservaba sus ganas de pelea: “es tan aburrido estar enfermo, casi como estar atrapado en una novela de Updike”. Genio y figura hasta la sepultura.

A pesar de todas sus orgullosas declaraciones, Brodkey, era consciente de que la crítica había encumbrado definitivamente y sin reservas a John Cheever, como la figura fundamental dentro del grupo de los escritores nacidos y forjados en el estilo New Yorker, y que incluso su detestado Updike estaba muy por encima de él en la estima general de profesionales y público. Su ambiciosísimo intento de ser el Joyce y el Proust norteamericano había acabado en fracaso, quizás porque como afirmaba su propio amigo James Wolcott: “A veces el genio puede ser demasiado e insuficiente a la vez”, y la conclusión final de su carrera literaria era que su figura se había desvanecido y su lugar dentro de las letras norteamericanas iba a ser muy secundario.   

Cuatro.-Sin embargo, cuando releo sus primeros cuentos no puedo dejar de admirar el inmenso talento que atesoran.  Sus relatos centrados en las relaciones familiares y la búsqueda del primer amor fluyen  gracias a una caracterización extraordinaria de los personajes y una estructura clásica en el que podríamos afirmar que el sentimiento todavía se imponía al pensamiento. A pesar de que el titulado “La educación sentimental” es quizás considerado el mejor, mi favorito es el que abre el libro, y el que primero escribió Brodkey, denominado “El estado de gracia”. Remembranza de la adolescencia solitaria en St. Louis, es difícil no emocionarse con este relato sobre niños desdichados, necesitados del amor y la calidez de la amistad, de la pura alegría del juego.

La tarea de Brodkey estaba destinada al fracaso, porque siguió dando vueltas a sus recuerdos de una forma cada vez más abstracta y solipsista, enredándose cada  vez más en los vericuetos de su mente, intentando explicar lo inexplicable, cuando lo mejor de su historia y de su vida, ya estaba magistralmente retratado en esos primeros relatos.

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